Perseguimos el equilibrio como si fuera el santo grial de la maternidad moderna. Esa imagen perfecta en la que, como malabaristas expertas, sostenemos en el aire todas las esferas de nuestra vida: la crianza impecable, la carrera brillante, la pareja floreciente, el cuerpo cuidado, la casa ordenada y el tiempo personal intacto. Una pirámide perfecta e inmóvil. Y cuando, inevitablemente, algo se tambalea, nos sentimos fracasadas. ¿Y si te dijera que ese “equilibrio perfecto” no solo es inalcanzable, sino que es un mito agotador?
Propongo dejar atrás esa imagen estática y abrazar una metáfora más real, orgánica y poderosa: la del vaivén. Imagina un columpio o una hamaca. Su esencia no es la quietud, sino el movimiento. Su belleza y su función residen en el balanceo, en ir y venir, en ceder a un lado para impulsarse hacia el otro.
Así es la vida con niños. No hay un punto medio fijo, sino un movimiento constante y natural entre polos.
Hay días de intensa productividad: proyectos que avanzan, la casa reluce, planes que se ejecutan. Y hay días de sofá: de pijama, de series, de dejar que los platos esperen. No es desequilibrio; es el vaivén. Un día no define tu vida.
Hay momentos plenamente para ellos: de juego en el suelo, de atención absoluta, de conexión profunda. Y hay momentos (aunque sean breves) plenamente para ti: una ducha larga, una llamada con una amiga, una lectura robada. El vaivén no es egoísmo; es sabiduría, porque al atenderte a ti, recargas el impulso para volver a ellos con más calma.
Hay semanas donde el trabajo toma la delantera y necesitas enfocarte. Y hay temporadas donde la crianza reclama toda tu energía y el profesional da un paso atrás. No es caos; es ritmo.
Dejar de luchar por la pirámide perfecta y aceptar el balanceo del vaivén es un acto de liberación. Te permite estar completamente donde estás, sin la culpa de no estar en el otro lugar. Si hoy estás en el polo del “sofá”, abrázalo sin remordimientos. Si mañana te toca el polo de la “productividad”, abordalo con energía. La gracia está en la flexibilidad, en la capacidad de fluir con las necesidades del momento, sean las tuyas o las de tu familia.
La próxima vez que sientas que “no lo llevas todo en equilibrio”, recuerda la hamaca. No estás cayendo; estás en el movimiento natural del vaivén. Y en ese ir y venir, en esa aceptación de los ritmos cambiantes, encontrarás una paz mucho más profunda y real que en cualquier quietud imposible. Suelta la presión. Déjate llevar por la belleza del balanceo.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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