Existe un relato casi mítico sobre el momento del nacimiento. En él, la madre, exhausta pero radiante, recibe a su bebé en brazos y, de inmediato, una ola de amor incondicional e infinito la inunda. El famoso “instinto maternal” se activa como un interruptor, y desde ese segundo todo es certeza, conexión absoluta y un saber hacer innato. Es una escena hermosa. Pero para muchas, es una ficción que genera una profunda y callada angustia.
¿Y si ese rapto de amor no llega en la sala de partos? ¿Y si al mirar a ese ser diminuto y extraño sientes, sobre todo, abrumador cansancio, miedo o una desconexión aterradora? Quiero decirte, con toda la certeza que me da haberlo vivido y haber escuchado a cientos de madres: no estás rota. No eres una mala madre. Tu historia de amor simplemente está empezando de otra manera.
La idea del instinto maternal como un fenómeno instantáneo y universal es, quizás, una de las mayores presiones que cargamos. Nos hace sentir culpables por no sentir lo “correcto” en el momento “correcto”. Pero el amor, el verdadero, no es siempre un flechazo. A menudo, es una semilla.
Es una semilla que se planta en la tierra fértil pero revuelta del agotamiento postparto, de las hormonas en montaña rusa y del shock de una identidad transformada. Y desde ahí, crece lento. No con la explosión de un fuego artificial, sino con la tenacidad de un brote que busca el sol.
Este vínculo se construye en la repetición amorosa de los actos cotidianos, incluso cuando el sentimiento tarda en llegar. Se teje en las madrugadas de lactancia, en la calma de una voz que arrulla a través del propio agotamiento, en la perseverancia de cambiar un pañal con manos todavía torpes. Se fortalece con la primera sonrisa social que te regalan, con el modo en que su manita se aferra a tu dedo mientras se duerme, con el alivio de reconocer, por fin, su llanto entre los demás.
Este amor que llega caminando, no corriendo, es profundamente verdadero y poderoso. Es un amor consciente, forjado en la elección diaria de cuidar, más que en un impulso mágico. Es un amor que conoce la duda y la vence, que atraviesa el cansancio y persiste. Es un testimonio de tu humanidad, no de tu fracaso.
Así que, si no sentiste el “clic” instantáneo, respira. Estás en el camino normal de muchas. Confía en el poder del cuidado constante. Tu instinto no ha fallado; solo está tomando su tiempo para florecer a su manera, en el ritmo único que requiere tu historia y la de tu hijo. Ese vínculo que construyes día a día, ladrillo a ladrillo, es tan real, legítimo y poderoso como cualquier otro.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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