Querida yo de 2005, la que sostiene por primera vez a su bebé con una mezcla de éxtasis y pánico absoluto:
Veo tu mirada, vidriosa de cansancio y llena de preguntas mudas. Siento desde aquí el nudo en tu estómago de madre primeriza, esa presión constante de hacerlo todo “bien”. Hoy, con el corazón templado por los días que nos separan, quiero tenderte la mano a través del tiempo y susurrarte algunas verdades que solo el camino puede enseñar.
Primero: respira. No, en serio. Toma aire y suéltalo. Esa obsesión por los horarios de lactancia, por el peso exacto, por que no pase frío, no pase calor… se desvanecerá. El manual perfecto que buscas no existe. Tu bebé, con sus ritmos únicos y su carácter incipiente, es el único guía que importa. No estás criando para ganar una medalla; estás conociendo a una persona, y eso es un proceso lento, desordenado y hermoso.
Quiero decirte que ese miedo a “estropearlo” con un mal movimiento, con un llanto no interpretado, con un error, es el sello de un amor inmenso, no de tu incompetencia. La presión que sientes no viene solo de fuera; la mayor parte la has construido tú, con estándares imposibles sacados de blogs, fotos perfectas y consejos bienintencionados pero aplastantes. Suéltala. La buena madre no es la que no duda, sino la que, a pesar de la duda, sigue adelante, abrazando el aprendizaje.
Te prometo algo: esa niebla de agotamiento y desconcierto, la que hace que un día parezca una eternidad, se levantará. Un día, de repente, tendrás un gesto instintivo, una solución surgida de la nada. Descubrirás tu propia voz maternal, que no suena como la de tu madre, ni como la de la pediatra, ni como la del libro. Suena a ti, con sus imperfecciones y su verdad única.
Y sobre todo, guarda este secreto en tu corazón agitado: el vínculo no se forja en la perfección, sino en la presencia. En las noches en vela, en las canciones desafinadas, en los intentos torpes. Tu bebé no necesita una súper mujer. Te necesita a ti, vulnerable, real, madre primeriza, aprendiendo a su lado.
Así que, querida primera vez mía, baja los hombros. Acuna a tu hijita y acúnate a ti misma en este nuevo pellejo. El viaje no es hacia la madre perfecta, sino hacia la madre que esa niña única y muy pelirroja necesita que seas. Confía. Ya lo estás haciendo, aunque aún no puedas verlo.
Y cuando te toque hacerlo por segunda vez, estarás realmente acompañada. Y será un pelín más fácil.
Con todo mi cariño,
La mujer que un día serás.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



Leave a comment