Hay una imagen que persigue a la maternidad moderna. La vemos en las redes sociales: bebés serenos en cestas de colores pastel, meriendas nutritivas con formas de animalitos, madres radiantes haciendo babywearing mientras hornean pan artesanal. Es la maternidad de Pinterest, un ideal seductor, estético y, en su perfección, profundamente engañoso.
Frente a ese espejo imposible, nuestra realidad diaria puede sentirse como un fracaso. El caos de juguetes esparcidos, la cena que son nuggets porque el día se nos fue de las manos, el cansancio que se lee en nuestras ojeras y no en un brillo de felicidad perpetua. Ahí comienza la grieta por donde se cuela la culpa: “No estoy a la altura”. “¿Por qué no puedo ser como ella?”.
Hoy quiero hacerte una propuesta revolucionaria: el arte de bajar las expectativas. No como una rendición, sino como un acto de liberación y de profundo amor propio. No se trata de hacerlo mal, sino de redefinir radicalmente qué significa “hacerlo bien”.
El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott acuñó un término liberador: la “madre suficientemente buena”. No hablaba de la madre perfecta, sino de aquella que responde a las necesidades de su hijo de manera “suficiente”, a veces fallando, a veces acertando, pero siempre presente de manera real. Esa falla, ese no ser perfecta, es justamente lo que permite al niño desarrollar resiliencia, tolerar la frustración y descubrir el mundo más allá del útero materno.
Bajar las expectativas significa:
– Cambiar “debería” por “hoy puedo”. En lugar de “debería hacer una actividad educativa cada tarde”, quizás hoy puedes ofrecer un abrazo largo y mirar por la ventana las nubes. Eso también es nutritivo.
– Celebrar lo “suficiente”. ¿La casa está ordenada? Suficiente. ¿La comida es sana? Suficiente. ¿Estuviste presente en el enfado de tu hijo? Más que suficiente. La suficiencia no es mediocridad; es el punto óptimo donde la exigencia no ahoga el amor.
– Abrazar la belleza del caos real. La magia no está solo en las manualidades perfectas, sino también en los dibujos con garabatos que te regalan. La conexión no solo surge en salidas idílicas, sino en el sofá, viendo una película y compartiendo palomitas.
– Al bajar la barra que sostiene un ideal externo, descubres algo milagroso: la maternidad que vives, con sus imperfecciones y sus días grises, ya es hermosa. Es hermosa porque es auténtica, porque está tejida con paciencia diaria, con risas inesperadas y con un amor que no necesita escenarios perfectos para existir.
Deja de perseguir el fantasma de la madre perfecta. Abraza, con orgullo y alivio, a la madre suficientemente buena que ya eres. En esa suficiencia radica, precisamente, todo lo que tu hijo necesita.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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