Pasamos tanto tiempo pensando en todo lo que debemos inculcarles: modales, conocimientos, valores. Nos vemos como sus guías, sus faros, las arquitectas de su mundo. Y, sin duda, lo somos. Pero en este viaje de ida y vuelta que es la crianza, hay una verdad hermosa que a menudo pasa desapercibida: ellos, con su mirada nueva sobre el mundo, son también nuestros maestros más sabios y pacientes.
La maternidad, vista desde esta perspectiva, deja de ser un dar constante para convertirse en un intercambio profundo. Ellos nos entregan, cada día, regalos que no se envuelven en papel, sino que se tejen en la trama de lo cotidiano. Regalos que transforman nuestra propia forma de estar en el mundo.
El primero es una lección brutal de paciencia. No la paciencia teórica, sino la que se forja en la décima vez que les ayudas a abrocharse los zapatos, en la negociación interminable para salir del parque o en la espera serena a que una rabieta pase. Nos enseñan que el ritmo del crecimiento no es el nuestro, y que hay una belleza solemne en respetarlo.
Nos devuelven, como un tesoro perdido, la capacidad de asombro. Para ellos, el mundo está lleno de maravillas: una hormiga cruzando la acera, la forma de una nube, el sonido de la lluvia contra la ventana. A su lado, nos agachamos, miramos con sus ojos y recordamos que la magia no está en lo extraordinario, sino en la atención plena a lo simple. Es un curso intensivo en mindfulness.
Son maestros absolutos del presente. No rumian el ayer ni se angustian por el mañana. Cuando juegan, son juego. Cuando lloran, son llanto. Cuando abrazan, son abrazo puro. Su ejemplo es un recordatorio constante y poderoso de que la vida solo sucede aquí, en este instante que compartimos con ellos. Nos tiran del brazo para sacarnos del piloto automático.
Y quizás el regalo más profundo es una lección de resiliencia y amor incondicional. Caen y se levantan. Se frustran y lo intentan de nuevo. Y a pesar de nuestros errores, de nuestros días grises y de nuestras imperfecciones, nos miran con una devolución que no juzga. Nos enseñan que el amor no es por lo perfectos que somos, sino por la simple y radical verdad de que existimos en su vida.
Así que, hoy, te invito a cambiar la mirada. No solo veas lo que tú les das. Detente y observa con gratitud lo que ellos te están entregando. Son pequeños filósofos, instructores de alegría y espejos que nos devuelven, limpias, las virtudes más esenciales que habíamos olvidado. Aceptemos sus regalos. Son, sin duda, los más valiosos que recibiremos.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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