Hay un momento, en la vorágine de la crianza, en el que te miras al espejo y la pregunta surge, sutil pero persistente: ¿Quién era yo antes de todo esto? La pregunta no es una queja contra tu rol maternal, que amas profundamente. Es, más bien, el eco de una identidad que sientes difusa, como un cuadro al que se le ha pasado una goma suavemente por algunos trazos esenciales.
Te reconoces como “la mamá de…”. Respondes a ese nombre en el parque, en el cole, en la consulta del pediatra. Y en ese “ser para” alguien, el “ser tú” a veces parece quedar relegado a un segundo plano, como una prenda que ya no tienes tiempo de ponerte. Los gustos propios (¿me gustaba el cine de autor o las series?), los silencios sin demanda, los sueños que no tienen que ver con hitos del desarrollo infantil, parecen bienes de lujo inalcanzables.
Sin embargo, esta reconexión con tu nombre propio no es un acto egoísta. Es un acto de supervivencia emocional y el mejor regalo que le puedes hacer a tu maternidad. Porque una madre que recuerda quién es, que se nutre a sí misma, no se queda vacía. Es como un manantial: para seguir dando agua clara, necesita alimentarse de su propia fuente.
La reconexión no exige grandes gestos ni escapadas imposibles. Comienza en lo pequeño, en lo cotidiano robado:
– En la pausa consciente: Tomar esa taza de café o té, sola, sin el celular, mirando por la ventana. No para planificar menús, sino para no hacer nada.
– En el rescate de un fragmento: Poner la música que a ti te gusta (no la de los dibujos) mientras cocinas. Leer tres páginas de una novela antes de dormirte. Anotar una idea, un deseo, en una libreta.
– En la pregunta simple: “¿De qué tengo ganas hoy YO?”. Aunque la respuesta sea solo un baño cinco minutos más largo o salir a comprar el pan dando un rodeo.
Estos gestos no son fugas de tu realidad, sino afirmaciones sutiles de tu existencia completa. Son la forma de decirte a ti misma: “Aquí sigo. He cambiado, pero mi esencia permanece”.
Y he aquí el secreto más bonito: cuando te permites estos momentos de reconexión, vuelves a tu rol maternal de manera diferente. Vuelves con una pizca más de paciencia, con una chispa de creatividad, con la mirada renovada. Porque al alimentar a la mujer que eras, estás alimentando a la madre que eres. Le das herramientas más ricas, una perspectiva más amplia y un amor que no nace del sacrificio total, sino de la plenitud.
No se trata de elegir entre ser “mamá” o ser “tú”. Se trata de integrar ambas en una persona más compleja, completa y resiliente. Hoy, date permiso para escuchar el suave murmullo de tu nombre propio. Tu maternidad, y tú, lo agradecerán.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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