Hay un ejercicio mental involuntario que solía hacer cuando iba en camino a la primaria, secundaria o preparatoria por mis hijas, aparentemente mirando las calles por las que circulaba o a los autos o personas. Si hubieran podido ver una proyección de mis pensamientos en esos instantes, no verían lo que mis ojos veían. Hubieran visto un torbellino de listas, alarmas y preguntas silenciosas.
Estaba la mochila, preparada desde anoche, pero mi mente se preguntaba: “¿Habrá recordado el juego de geometría?”. Luego saltaba al supermercado: No sé si comprar como guarnición puré instantáneo o hacer una ensalada. Un recordatorio automático: Comprar más pasta dental. Una preocupación sutil: Anoche se quejó de cólicos ¿Tendremos ibuprofeno aún?. Una decisión pendiente: ¿es demasiado pronto para hablar sobre el destino vacacional? Y un hilo de fondo: ¿estará entendiendo matemáticas realmente?.
Esta es la mochila materna invisible. No pesa en los hombros, pero sí en la mente. Es la carga mental, ese trabajo constante de planificación, organización, anticipación y gestión logística y emocional que, mayoritariamente, llevamos las madres. No es el acto físico de hacer, sino el esfuerzo mental de recordar, coordinar y decidir para que la maquinaria familiar funcione.
No es una queja hacia nuestras familias, por supuesto que no. Muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de que la llevamos puesta hasta que el cansancio mental nos nubla la vista. Es un rol que asumimos, casi por inercia social y amor, pero que rara vez nombramos.
Hoy quiero visibilizar ese peso. Porque lo que se nombra, existe. Y lo que existe, se puede compartir. Y la mochila materna existe.
Quitarse la mochila un rato no es un lujo, es una necesidad. Implica delegar no solo tareas, sino también la responsabilidad mental que conllevan. Significa decir: “Tú encárgate de planificar las comidas de la semana, con lista de compra incluida”, y soltar el control. Es permitir que otro también lleve la brújula.
Porque tu mente merece respirar. Y tu maternidad, despojada de tanto peso invisible, podrá disfrutar con más ligereza del simple y maravilloso acto de ver a tu peque disfrutar una tarde de parque. Libre, por un instante, de todo pensamiento. Reconocer esta mochila invisible es el acto más valiente. No para cargarla en soledad, sino para, al nombrarla, encontrar manos que ayuden a sostenerla. Compartamos el peso para que nuestra maternidad pueda, por fin, respirar y disfrutar de la ligereza que merece.

Soy Viviana y escribo en este blog desde el 2005. Mamá de Sofía (2005) y Maia (2010). Doula certificada, Social Media Mom, Escritora Freelance & WAHM.



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